Play with time. Jugamos con el tiempo.

En un partido de baloncesto de cuyo nombre no quiero acordarme, el entrenador del equipo que en ese momento iba por delante en el marcador, en un inglés tan académico como para que un servidor pudiera entenderlo, terminaba un tiempo muerto con la siguiente frase: “play with time” (jugamos con el tiempo).

El entrenador obviamente pretendía apurar al máximo las posesiones para, en caso de no estar acertados cara al aro, no dar opción al rival para una más que posible remontada. Pues bien, esa inocente frase hebía empezado a golpear las paredes de mi cabeza provocándome una rara sensación de ansiedad. ¿Qué estaba haciendo con mi tiempo? ¿Lo estaba perdiendo o me lo estaban robando? ¿Estaba jugando yo con él o él conmigo?

Me acababa de dar cuenta que hacía meses que no sabía nada de mi tiempo. Mi tiempo había desaparecido.

Después de diez minutos y una prórroga mi cabeza no lograba recordar donde había podido ir a parar todo ese tiempo, por más vueltas que le daba al coco seguía sin encontrar una respuesta, y lo peor de todo es que las pocas que parecían tener sentido común me situaban como principal sospechoso de su pérdida, lo cual hacía aumentar esa rara sensación de ansiedad. No me quedaba otra opción, tenía que buscar otros posibles culpables. Empezaría por los sospechosos habituales.

Sentada a la izquierda del padre, la madre. Mi mujer acababa de volver de la cocina con un café, y mientras se sentaba miraba fijamente la televisión tratando de entender en qué momento Telecinco había decidido interrumpir la emisión del programa Sálvame para retransmitir un partido de baloncesto entre equipos de nombres tan desconocidos como impronunciables. Yo, sin decir palabra y evitando cruzar la mirada con ella, repasaba las pruebas y los argumentos que utilizaría para acusarla por la desaparición de mi tiempo.

Tres canastas, dos faltas personales, y un ¿qué canal estamos viendo? más tarde, decidía no imputarla por varias razones. Mi mujer nunca me había quitado más tiempo del conyugalmente exigible y, si me estaba callado igual podía terminar de ver el partido, podría ver el que hacían un poco más tarde, y mantendría los privilegios adquiridos de jugar “la pachanga de los martes” y seguir yendo cada quince días a ver jugar al equipo de mis amores, y todo ello sin ningún tipo de contraprestación adicional.

Descartada mi mujer debía continuar con mi búsqueda de culpables.

Tumbado a la derecha del padre, el hijo. Hacía cinco meses que había sido padre. Mi hijo estaba mirando con la televisión con apreciable desinterés mientras luchaba por no dormirse. Atrás quedaba una entretenida y agotadora tarde en la padre e hijo habíamos comido, cambiado, jugado, llorado, dormido, despertado, llorado, comido, cambiado, jugado, llorado…vamos lo habitual, más desde que mi mujer volvió al trabajo.

Si analizabas los hechos no había que ser muy listo para darse cuenta que la mayor parte del tiempo que tanto añoraba se lo había apropiado, debida o indebidamente, ese pequeño ladrón de corazones que justo antes de cerrar los ojos me lanzaba una sonrisa. Todas las pruebas apuntaban hacia ese asesino ruidoso que desde hacía cinco meses se había adueñado de nuestras vidas. Ya tenía culpable. Y solo dos canastas y una técnica más tarde.

Pero bien es sabido que la justicia no es igual para todos, por mucho que quieran hacernos creer lo contrario. No era capaz de acusar a mi propio hijo. Primero porque por fin había conseguido que se durmiera; segundo porque no quería enfrentarme con su abogada, la cual seguía sentada a mi izquierda, y con la que ya había perdido demasiados juicios; y tercero y más importante, porque si algo tenía claro es que todo el tiempo que me robara mi hijo nunca iba a ser tiempo perdido.

Final de partido.

La cara del entrenador del equipo que hacía diez minutos iba por delante reflejaba una mezcla de incredulidad y cabreo, muy parecida a la que tenía mi mujer al principio de esta historia. Su equipo había perdido. El tiempo había jugado con ellos. Tenía que haber sabido que jugar con el tiempo no es cosa de dos. Solo el tiempo juega contigo. A veces a favor, a veces en contra, él decide. Nadie nunca podrá jugar con el tiempo, pues por mucho quieras él sencillamente pasa.

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