No es oro todo lo que reluce.

Baloncesto vuelve a escribirse con eñe en el viejo continente. Por si todavía queda algún despistado, somos Campeones de Europa (otra vez, y van tres). Poco más se puede añadir a todo lo dicho y escrito estos días sobre la selección, si a caso algún adjetivo calificativo que por descuido se haya quedado en el tintero. Un último titular: Agachar el culo para levantar la copa. Orgulloso de todos y cada uno de los componentes de este equipo. Sois muy grandes. #SomosEquipo.

Mientras, en el país vecino, los reductibles galos a lo suyo, a ver quien la suelta más gorda. Solo dos cosas: cuando juegues, juega, y cuando pierdas, pierde. Que digan lo que quieran que yo me Río (de Janeiro).

Al otro lado de los Pirineos, los aficionados al baloncesto tenemos las cosas bastante más claras, o no. Y es que los éxitos de las selecciones españolas contrastan con la incoherencia que rige en los dos grandes estamentos del Baloncesto español, donde la religión del sentido común sigue sin ser mayoritaria. Y para muestra, estos dos botones.

La ACB se pierde en su propio orgullo. Bajo el nombre de segunda mejor liga del mundo, sin alicientes deportivos y carente de ingresos suficientes para mantener un negocio de venta de humo que ni si quiera cubre gastos, la ACB encomienda su futuro a un escaparate decorado con nombres llamativos e inútiles estadísticas ajenas a la competición y con denominación de origen Marca España. Mientras, puertas adentro, hace y deshace a su eurogusto y capricho, acumulando un ya ingente número de despropósitos con el beneplácito de los clientes habituales. Una liga anacrónica y desfasada que urge cambios en todos sus ámbitos.

La FEB, ebria de tanto título nacional, se ahoga en su propio éxito mientras hace oídos sordos a las continuas llamadas de socorro. Más pendiente del rojo y gualdo que del significado de sus propias siglas, hace años que dejó sus competiciones rotas y a la deriva en pos de una generación Ñ tan buena como caduca. Pero una foto vale más que mil palabras. Al otro lado de la cámara, los equipos que componen las ligas LEB, cómplices necesarios en este lento hundimiento, se tiran de los pelos y lanzan un grito mudo al cielo, mientras siguen achicando agua con la esperanza de llegar a tierra firme, y conseguir así la parte alícuota de un tesoro de leyenda. Y es que el mejor truco de la FEB fue hacer creer que la ACB existía.

El baloncesto español a nivel de clubes tiene un problema y serio, pues no es oro todo lo que reluce, pese a que este último nos ciegue durante un tiempo.

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