Gasol, Navarro, Calderón, y un equipo campeón

Mi intuición y la lógica me decían que este partido iba a ponerme al borde de un ataque de nervios, y la presencia de Pedro Almodovar en la grada no hizo más que aumentar mis sospechas. Así fue. Mis nervios fueron “in crescendo” hasta el punto de tener que apagar el televisor al principio del último cuarto, en primer lugar para regularizar mi ritmo cardíaco, y en segundo para alargarle la vida al mando a distancia, herido en dos ocasiones durante los primeros treinta minutos.

Y es que cuando Giannakis, en la rueda de prensa posterior a la final del mundial de Japón, dijo: “Hubiera preferido que jugara Gasol”, se refería a esto. Los griegos salieron con la lección aprendida, extra motivados y con el cuchillo entre los dientes, repartiendo a diestro y siniestro bajo la atenta mirada de unos árbitros cuya permisibilidad logró sacar de quicio tanto a jugadores como a espectadores. En medio de este atraco a pito armado, y entre hachazo y hachazo heleno, Pepu mantenía, innecesaria y eternamente (desde mi punto de vista) una zona en la que Spanoulis (24 puntos) danzaba como caperucita roja por el bosque, y gracias a la cual los griegos dominaban el encuentro.

La gran actuación de los tres mosqueteros Gasol (23 puntos), Navarro (23 puntos) y Calderón (18 puntos) parecía no ser suficiente contra un equipo que por momentos jugaba con ocho en el parquet, cinco griegos, un serbio, un ucraniano y un polaco. La falta, por supuesto una vez más no pitada, de Diamantidis a Navarro con el posterior amago de tangana, provocada e incluso apostaría yo que ensayada en los entrenos, fue la gota que colmó el vaso. Si querían guerra, pues tendrían guerra. Y eso fue lo que debió pasar, pues los ultimos diez minutos de juego, como ya os he comentado, los evité por prescripción facultativa.

Tras bajar mis pulsaciones a niveles normales y pedir perdón al vecino por las voces de hacía un rato, llegó el momento de ver el resultado: “Siiiiii, toma ya”. Los jugadores hacían una piña alrededor de Pepu. Estábamos en la final.

Ángel López Alicante, 1980. Tras unos prometedores inicios en el mundo del baloncesto amateur donde logró hacerse un hueco -que no un nombre- en las pachangas de la terreta, este periodista de vocación que no de profesión, ha decidido alternar el balón con el teclado, pues al menos con este último no ha ofendido al maravilloso deporte de la canasta. De momento. (Editor Jefe)


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