Y es que en el mundo de la canasta, durante estos últimos años, hemos vivido a la aparición de un instrumento
que minimiza la importancia del silbato hasta el punto de haber relegado a éste a un segundo plano, convirtiéndose en un simple complemento de aquél. Me refiero al “rasero”. El rasero es un curioso artilugio, invisible a los ojos de los aficionados, donde se guarda eso que conocemos como “criterio arbitral” y que desde hace años se está siendo utilizado por los colegiados de la ACB sin ningún tipo de control, dejando el devenir de la competición, y lo que es peor, la salud tanto física como en ocasiones mental de todos los seguidores de este maravilloso deporte, en manos de un grupo de elegidos y su libre albedrío.
El problema es que en lugar de tener un solo rasero para todos estos pitos ejecutores de los designios ordenados por la providencia arbitral, que sería lo más justo y necesario, se permitió en pos del principio básico de libertad arbitral, que cada uno de los susodichos “elegidos” utilizara su propio rasero, de fabricación propia, pues en la variedad está el gusto. Craso error.
Actualmente podemos encontrar muchos tipos de rasero:
- El más utilizado, y más fácil de ver por parte del aficionado es el denominado “la camiseta importa”. Este rasero se basa principalmente en el color de la camiseta o en su defecto el escudo, ya sea cosido o serigrafiado, en la misma, por lo que el arbitraje dependerá de los equipos que disputen el partido.
- Uno, que podría ser una variante del anterior, sería el rasero “por que yo lo valgo”, lo que quiere decir que según la importancia y grado mediático del jugador, o en su caso entrenador, se le pitará a favor o en contra, rebajando o aumentando el grado de permisibilidad en cada una de sus acciones.
- Otro muy común en los pabellones de hoy en día es el conocido como “en mi casa jugamos así”, lo que significa que en caso de duda siempre se pitará a favor del equipo que juegue en casa. También es conocido como “bajo mi techo harás lo que yo diga”.
- Uno que gusta mucho al colectivo arbitral es el llamado “faltas que no hacen falta” y que como su nombre indica supone que los árbitros, conscientes de la desigualdad e el número de faltas entre ambos equipos se dedican a pitar una serie de faltas sin sentido en los momentos finales del partido para que el equipo que vaya perdiendo maquille el resultado del mismo.
- Uno muy recurrido es el de “novato paga el plato”, con lo que el arbitraje se compensará cargando de faltas al jugador más joven o el jugador nuevo, normalmente inexistentes, en lugar de castigar al jugador importante que en la jugada anterior ha realizado la misma infracción.
Una vez todos y cada uno de los colegiados tenían su rasero, y para liar la cosa un poco más, algún iluminado decidió juntarlos de tres en tres cada uno con su “criterio arbitral” bien metido en su rasero. Con la Iglesia del pito habíamos topado. Para solucionar esta disparidad de cultos se implantó la norma no escrita de la “compensación“, que no hizo otra cosa que adulterar y desprestigiar todavía un poco más el noble arte del arbitraje.
Con esta pequeña parrafada en tono de humor solo quiero hacer eco de uno de los problemas, desde mi punto de vista, más graves del baloncesto actual: la falta de criterio arbitral y las desigualdades que crea en la competición (curiosamente casi siempre a favor de los mismos). Esta falta de unanimidad a la hora de toma de decisiones es un lastre para la evolución y buen funcionamiento del arbitraje, y uno de los mayores fracasos del colectivo arbitral en todos sus estamentos. Como decía mi compañero Juan C. Romo (Bkball.net) no se duda de la profesionalidad de los árbitros pero indigna que sus errores queden impunes. No es cuestión de señalar culpables, solo de exigir responsabilidades, como en cualquier trabajo que se apellide “profesional”.

Ángel López
Bkball.net




